Tras tres años, nada cambia. Ese podía ser el resumen del periplo que hasta el momento, un servidor lleva en la Universidad de Zaragoza. Entré en la Facultad de Filosofía y Letras hace tres septiembres, y desde aquella vez, nada ha cambiado mi parecer. No sé cómo un edificio así puede mantenerse en pie. De apariencia sucia, vieja y sombría, Filosofía y Letras, junto con Ciencias, pasa por ser la facultad más antigua de la capital aragonesa. ¿La diferencia? Una ha sabido acometer las reformas necesarias con el paso del tiempo; la otra, desde luego, no.
En esta situación y con la creación de nuevas titulaciones y la consiguiente búsqueda de espacios donde ubicar las aulas para esas carreras, Filosofía y Letras se ha visto obliga
da a hacer malabarismos a la hora de encontrar emplazamientos para que la actividad docente se lleve a cabo. Las prisas y la falta de medios -consciente o inconsciente-, ha hecho el resto. En esta tesitura, no es de extrañar que en tiempos de fuertes lluvias, aulas y despachos de profesores se inunden dejando totalmente inservibles, al menos temporalmente, esas dependencias. Tampoco es de extrañar que los alumnos de diversas titulaciones anden mareados de edificio en edificio para poder dar sus clases. Si es que las dan, porque en numerosos casos no tienen profesores. Pero ese es otro tema. Lo último, y absolutamente vergonzoso, es que en medio de un proceso de cambios que darán paso a una más que lenta reforma de la facultad allá por 2015, el techo de un aula (Inf VII) que se había habilitado como tal en los últimos meses, se desprenda. Afortunadamente sin que hubiese que lamentar daños personales. El profesor anduvo listo y atento y se adelantó a tan penoso acontecimiento. Cuando se buscan responsables, todo el mundo se limpia las manos y te remite al escalafón inmediatamente por encima de él, haciendo inútil cualquier intento por solucionar tan desastrosa y lamentable situación.
Mientras tanto, uno no sabe adónde va a parar el dinero de su matrícula, mientras tiene que ver, con envidia, ya no se sabe si sana o no, como el resto de facultades van realizando sus reformas. Esta es la vida de un estudiante de Filosofía y Letras, el vivir sin saber qué le puede pasar mañana.



