viernes, 12 de agosto de 2011

30 de mayo: Un día cualquiera

Se levantó de la cama como cualquier otro día. Bueno, con una hora de retraso, de hecho. La noche anterior se había prometido levantarse para aprovechar bien el día. ¡Behm! Era su cumpleaños, podía permitírselo.

Sus padres ya no estaban en casa. Tampoco le importó. Desayunó y puso la radio. Necesitaba animarse un poco, aún estaba aletargado por el sueño, y el día no era el mejor posible. Oscuro y lloviendo. Pero a decir verdad, tampoco le disgustaba.
Para cuando se había preparado para salir ya no llovía. Maravilloso eso de cumplir años, parece que todo te sale bien. No había sonado el teléfono cuando se fue. Le pareció un milagro. Odiaba esos días en que el teléfono no paraba de emitir su estridente sonido. No eran muchos a lo largo del año, pero se le hacían eternos. No obstante, sabía que su felicidad sería efímera. La gente iba a llamar sí o sí. Prefirió olvidarlo.
Primeras felicitaciones. Le hicieron bastante ilusión, para que nos vamos a engañar. El contacto humano siempre es agradable, y no tan frío como una voz al otro lado del auricular.

No entendía el afán de la gente por preguntarle qué tal el día, qué le habían regalado, blablabla... Para él no era más que otro día normal. Ni sentía nada nuevo. Absolutamente nada.
A media tarde comenzó el carrusel de llamadas. Cada vez que sonaba el teléfono era una molestia. Incluso en alguna ocasión, cuando ya estaba harto, pasaba olímpicamente del fijo o del móvil. Le alegraba que se acordasen de él, pero hasta cierto límite. Además, sabía que en cuanto pasasen 'sus' 24 horas todo volvería a la 'normalidad'. Una normalidad que para él era así incluso el día de su cumpleaños. Por ello, se sentó, leyó, se fumó algún que otro porro hasta que alcanzó su éxtasis mientras se puso un repertorio con algunas de sus canciones favoritas mientras el tiempo pasaba, inexorablemente, otro día más. Al fin y al cabo, era otro día más. Un día culaquiera.

lunes, 8 de agosto de 2011

Exigir sin dar nada a cambio

La cosa es sencilla. En realidad, todo el mundo podría hacerlo. El quid de la cuestión es hacerse profesor de una carrera que está dando sus primeros pasos, si es con Plan Bolonia de por medio, mucho mejor. Amparad@ en el marco del Espacio Europeo de Enseñanza Superior, podrás delegar responsabilidades en los alumnos, escudarte en esas horas no presenciales que se deben cumplir para hostigar con actividades extra. Esta enseñanza, debe localizarse en una Universidad mediocre. Una vez se logra reunir estos ingredientes, el siguiente paso depende de cada uno. Tienes que ser majete, ir de guay y enrollado con tus alumnos, alardear un poco de tu profesionalidad, y sobre todo, sobre todo, tener mucha cara.

Pongamos que lo tenemos todo. Ahora, vayamos a la práctica. Tu asignatura debe ser la troncal o una de las troncales de toda la carrera. Eso te ayudará a que tus alumnos te recuerden inevitablemente. Y que tú, te puedas colgar todas las medallas que se te antojen. Divídete la asignatura en parte práctica y parte teórica. Ahora bien, compártela con otro profesor. Así, divides responsabilidades, darás menos clases y dado que tendrás puntos de vista que no coincidan con los de tu compañer@, putearéis mejor al alumnado. La clave de este punto versa en que cuando mandes trabajos que vayas a compartir con tu compañer@, no establezcáis criterios objetivos de calificación. Con ello os aseguráis un debate cuanto menos curioso a la hora de expresar vuestra opinión.
Por supuesto, las clases, aprovéchalas lo menos posible. Limítate a dar teoría y más teoría por un lado,que tú clase sea un ladrillo que no diga nada. Y por el otro, dedícate a mandar el mismo proceso durante todo el periodo. Eso sí, para final de cuatrimestre, mandad un proyecto técnico. Todos sabemos la complejidad de estos, más si no enseñas nada tan apenas. Cuando llegue la hora de la corrección, podrás exigir todo lo que quieras. Sacarás punta a culaquier matiz tonto y muy pocas veces alabarás completamente el trabajo del alumno. Y si lo haces, ya tienes a tu compañer@ para dar cera.

No quepa ninguna duda de que no es el único trabajo que se debe mandar. Tienes que mandar tropecientos. Mantén al alumno ocupado. No lo motives, ni con tu actitud, ni con los trabajos a realizar. Total, ¿para qué? ¡Qué más dará matar el gusanillo de una profesión tan vocacional! Todos estos trabajos. la mayoría tan aburridos como poco docentes, se les deben acumular al final. ¿Por qué? Todo obedece al principio de profesionalidad. Pero no olvides que tú puedes marcharte sin más. Cómo y cuándo quieras. Eres la autoridad.
Sigue jugando con la motivación de los alumnos, que se note quién manda. Ofréceles proyectos que les motiven, que sean entretenidos y que les ayuden para su formación. No debes olvidar que para ti ha de ser un juego. Algo más que engorde tu currículo. Por tanto, tómatelo con calma. Exígeles que tengan 'x' tarea hecha para tal día, y pásate a buscarla cuando te salga de las zonas nobles.

Con todas estas premisas podrás vilipendiar y marear a tu antojo. No te preocupe que tus "queridos alumnos" puedan ejercer agravio comparativo con las demás asignaturas que están menos relacionadas con la carrera. Juega con la carrera, con la formación, con la nota y con la ilusión de la gente. A fin de cuentas, tú eres el jefe.

domingo, 7 de agosto de 2011

Órbitas divergentes

Hacía ya tiempo que no se dedicaba un tiempo para sí. Para lo que más le gustaba. Descansar echado en la cama escuchando música o leer, incluso escribir. Los últimos días se habían instalado como una vorágine de actividades cual más, cual menos, le atraían. Fue una semana intensa, colamatada por la fiesta del viernes noche.

No hace falta decir que adoraba el mundo de la noche. Casi tanto como un tonto se emboba con un lapicero. Sin embargo, como bien había presentido, no fue una noche para recordar. Simplemente fue una de otras tantas, sin más.

El bar no estaba mal, solía frecuentarlo con bastante asiduidad. Lo que sucedió esta vez, como otras últimamente, es que el garito en cuestión estaba a reventar. Así, poca diversión podía encontrar. Paso por aquí, empujón por allá. Quizá lo más lícito hubiera sido ponerse cachondo. Dudaba mucho que lo fuesen a tocar más esa noche. Lo que hubiera dado por estar en su cama bebiendo un whisky. Tuvo que conformarse con lo segundo. Pidió, esperó a que le sirviesen, y el tiempo que tardó en bebérselo fue la mitad del que le llevó cualquiera de las otras dos acciones. A esas horas, poco más se podía esperar de él.

Tras recorrer medio bar en busca de cigarro y conseguirlo, decidió salir fuera para hallar un poco de paz. Pobre iluso, la calle estaba casi tan llena como el antro que dejaba atrás. No le importó. Se fumó el cigarro y tras joderle un poco la noche a algún que otro amigo vía móvil, decidió volver a adoptar la faceta de ser social. No le reportó nada. Tan solo alguna que otra duda estúpida días después por un supuesto comportamiento borde. En el momento le hizo mucha gracia, pero cuanto más pensaba cómo se sucedieron los hechos, más gracia le causaba. ¿Borde? ¿Porque vengan dos chicas, una le propine una patada, se siente a su lado y él se levantase para dejar sitio a la compañera? No pudo reprimirlo, soltó una grna carcajada al rememorar la imagen. Luego resultó que era que la chica quería hablar con él. Eso sí, después de toda la noche en la que ni se acercó. Además, claro, estando una sentada y el otro de pie no se puede mantener una conversación.
Pensó que el mundo iba al revés que él. O quizá que él iba al revés del mundo. A esas alturas y tras determinadas circunstancias, uno ya no sabe qué pensar.

viernes, 5 de agosto de 2011

Molestos y gilipollas

Llegaba diez minutos tarde. Pese a ello, no se apresuró. Sabía que no le iba a pasar nada. A decir verdad, ni siquiera le importaba. Giró el pomo y vio la sala medio vacía.
Le habían dicho que, para no molestar, entrase por la puerta de atrás, como si le incitasen a dar por el culo a alguien. Ni que hubiese mucho que molestar por otra parte. La visión a través de los cristales translúcidos le había negañado totalmente. Cuando miró por ellos debió fijar su vista en las primeras, las cuales sí que estaban medianamente llenas.

Se sentó en una de las últimas filas esperando ver todo, que todo estuviese delante de sus ojos, pues le gustaba observar. Disfrutaba haciéndolo. Sin embargo, no fue así. Al cabo de pocos minutos subió un grupo de personas bastante numeroso que había visto en la puerta fumando y se sentaron justo detrás de él. Tuvo la idea de echarse un cigarro antes de haber entrado sin importarle aquello de la rardanza, pero la presencia de estos en la entrada le persuadió. Sabía lo que se hacía; no le habían calado bien. Efectivamente era el grupillo de gilipollas que se había imaginado: todo el rato cuchicheando, riendo e incluso mofándose de la directora del acto debido a ciertos problemas con la tecnología a la hora de ampliar un vídeo bastante emotivo sobre la ciudad de Pripyat. Esos gilipollas no respetaban ni a los muertos.

Con la música del vídeo sintió la necesidad de evadirse. Era lenta, muy relajante, evocadora de paisajes de relajamiento. Pero sus vecinos de atrás seguían con sus mierdas.

- Ya nos ha jodido la novela -dijo uno cuando uno de los ponentes reveló parte del argumento de su novela.
- ¿Acaso te la ibas a leer, imbécil? -pensó. -Seguro que ya ni te acuerdas de cómo se llama. Dudo siquiera que con lo que habláis, hayas oído el título del libro.

La música de aquel vídeo permanecía en su cabeza, le transportaba a nuevas dimensiones, y le gustaba, pero la presencia de esos energúmenos le impedía seguir con su viaje. Le entraron pues ganas de empolvarse la nariz, ya que la charla tampoco daba ya mucho más de sí y las realidades paralelas le ofrecían algo más atractivo, pero no llevaba nieve encima. Entonces, se contentó con bajarse y fumar un cigarro. Ahora sí, sin la presencia de esos gilipollas.

La fuente de inspiración

Apagó la colilla de su cigarro y exhaló la última bocanda de humo que pudo. Hacía tiempo que no fumaba. El vicio en cuestión se reducía solo a los fines de semana y demás fiestas de guardar.

Abrió la ventana de par en par. Quería que el rastro del tabaco se esfumase cuanto antes y fomentar un intercambio de aires que eliminase el olor a cerrado que desprendían los rincones de la habitación. Enchufó su ipod y lo conectó a los altavoces. Sentía la necesidad de relajarse con algunas de sus canciones favoritas. Una vez hubo encontrado la lista de reproducción que le proporcionaría el placer necesario para evadirse, se acomodó en su silla frente al escritorio, donde situó sus pies en alto. Apenas habían sonado unos cuantos acordes de la primera canción cuando llamaron a la puerta.
Permaneció en esa posición, inalterable. Había encontrado su posición perfecta, pero volvieron a insistir, y en ese momento supo que no podía retardarlo más, si no abría la puerta, esta podría estar sonando toda la tarde. Con calma se dirigió a la puerta y conforme se acercaba a ella se iba haciendo una idea de quién podía ser.
Efectivamente era Roberto, su vecino de la habitación de la izquierda.

-Ey, tío. Vamos a bajar al parque a echar unos porros a algún banco y a ver si vemos alguna pava- dijo mientras sacaba los canutos ya liados -¿Te vienes?

Se limitó a negar y a justificarse diciendo que estaba cansado y que prefería quedarse en la habitación. Sin embargo, la oferta de la marihuana le resultó atractiva y cogió dos de los tres porros que sujetaba Roberto antes de cerrarle la puerta. No estaba para nadie, y sabía que él no se lo tendría en cuenta. Encendió el primero de los dos y volvió a sentarse en la silla con los pies en alto. La música no había dejado de sonar.
Conforme el porro se consumía notaba como le invadía el efecto. Poco a poco abandonaba su posición estática e incluso se animaba a fingir que tocaba la guitarra en determinados momentos de los estribillos de sus canciones.

Tosió y encendió el segundo. A las tres caladas se había olvidado de sus penas. Sin duda no habían sido sus mejores días. Aletargado, sin fuerzas ni ganas... Pero todo eso estaba ya olvidado. Buscó una libreta, algo con lo que escribir y se sentó en el alféizar de su ventana. Contempló la vía mientras la música sonaba ténuemente en un plano fondo. Y comenzó a escribir.

jueves, 4 de agosto de 2011

Exámenes, reflexión

Hay momentos en la vida en los que todo parece perder el sentido de su existencia, de su razón de ser. Llegados a este punto del año, en el que miles de estudiantes nos examinamos en la Universidad, uno echa la vista atrás y piensa: "¿Para qué me ha servido este cuatrimestre?".

Muchos, los más aplicados y satisfechos, podrán enumerar la gran cantidad de conocimientos adquiridos. Otros no se acordarán siquiera de las materias que han dado, y otro pequeño grupo, se pondrá más existencialista y dirá que sinceramente para nada, que se han dado cuenta de que no han disfrutado con aquello que debería ser vocacional, que les debería llenar. Cuando una persona llega a ese punto, se plantea muchas cosas. La primera de ellas si de verdad debería continuar con aquello que tanto desasosiego le ha producido durante estos meses.

No se engañen. Este grupo es pequño, sí, pero cada vez va siendo más grande. Llegados a este punto, es hora de pararse, reflexionar, valorar y por supuesto, de tomar decisiones.