lunes, 29 de marzo de 2010

Afirmar, negar y dudar


Buda estaba reunido una mañana con sus discípulos cuando se les acercó un hombre.
-¿Existe Dios? -preguntó.
-Sí -respondió Buda.

Después de comer se acercó otro hombre.
-¿Existe Dios? -quiso saber.
-No, no existe -dijo Buda.

Al final de la tarde un tercer hombre hizo la misma pregunta.
-¿Existe Dios?
-Tendrás que decidirlo tú mismo -respondió Buda.
-Maestro, ¡qué absurdo! -dijo uno de sus discípulos-. ¿Cómo puedes dar respuestas diferentes a la misma pregunta?
-Porque son personas diferentes -respondió el maestro-. Y cada una de ellas se acercará a Dios a su manera: a través de la certeza, de la negación y de la duda.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las cicatrices

Cuando decidimos actuar es natural que surjan conflictos inesperados. Es natural que surjan heridas en el transcurso de estos conflictos.

Las heridas se curan: quedan las cicatrices, y esto es una bendición. Estas cicatrices permanecen con nosotros el resto de la vida y nos van a ayudar mucho. Si en algún momento, por comodidad o por cualquier otra razón, la voluntad de volver al pasado es grande, basta con mirar hacia ellas.

Las cicatrices nos mostrarán la marca de los grilletes, nos recordarán los horrores de la prisión, y continuaremos caminando hacia delante.

martes, 23 de marzo de 2010

La búsqueda


Un hombre decidió visitar a un ermitaño que vivía cerca del monasterio de Sceta. Después de caminar sin rumbo por el desierto, acabó encontrando al moje.

- Necesito saber cuál es el primer paso que hay que dar en el camino espiritual -dijo.

El ermitaño lo llevó hasta un pequeño pozo y le pidió que mirase su reflejo en el agua. El hombre obedeció, pero el ermitaño empezó a tirar piedras al agua e hizo que la superficie se moviese.

- No podré ver bien mi rostro mientras usted siga tirando piedras -dijo el hombre.

-Del mismo modo que es imposible para un hombre ver su rostro en aguas turbulentas, también es imposible buscar a Dios si la mente está ansiosa con la búsqueda -dijo el monje-. Este es el primer paso.

sábado, 13 de marzo de 2010

Qué alegría más tonta

Parece mentira lo poco que es necesario para hacer feliz a una persona. Los ya pasados días 11 y 12 de marzo tuve el placer de asistir al XI Congreso de periodismo digital celebrado en Huesca. La aventura resultó ser gratificante, no solo por el número de personalidades que se dieron allí cita, sino también por el descubrimiento de ámbitos y prácticas más o menos afines al periodismo que en circunstancias normales pasan despercibidas o son meras desconocidas.

Mi felicidad radica principalmente en lo aprendido a lo largo de todo el congreso, que si bien pudiese parecer poco, les aseguro que fue de gran interés. Sin embargo, mi dicha se vio acentuada especialmente en la ponencia protagonizada por Joao Catarino, Gabriel Campanario y Enrique Flores. La charla versaba sobre los diarios de viaje dibujados. He de reconocer que de un tiempo a esta parte mi productividad como dibujante se ha visto mermada por un abandono progresivo de la práctica, pero mi amor por la pintura sigue siendo considerable.

La cuestión es que conforme iba avanzando el discurso de los ponentes me enganchaba más al asunto, y fue cuando intervino Campanario cuando sentí que una tonta alegría me invadía. La sensación se extendió en el turno de Flores. La combinación del dibujo con el periodismo me parece algo maravillo que encierra cierta mística y romanticismo. Sí, lo reconozco, soy un romántico, me gustan las épocas pasadas. Eso de rememorar los métodos usados en el XIX me fascina y me abruma. El culmen de mi cosquilleo interior fueron las exposciones de las obras. Simplemente fascinantes. Sentí una total simbiosis con los protagonistas, el afán por viajar y descubrir, la necesidad de retratar y mostrar el mundo al mundo...Una sensación increíble.

Quién sabe si esta admiración será porque en un futuro me gustaría trabajar de esta manera. Que sea así o no es algo que el tiempo dirá. Yo solo sé que una extraña y tonta alegría me invadió el cuerpo en esta ponencia como no lo hizo en ninguna otra.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Quis venit?


El filósofo alemán Schopenhauer caminaba por una calle de Dresde buscando respuestas a preguntas que lo atormentaban. De repente, vio un jardín, y decidió quedarse durante horas observando las flores.

Uno de los vecinos vio el comportamiento extraño de aquel hombre y llamó a la guardia nacional. Minutos después, un policía se acercó a Schopenhauer.

- ¿Quién es usted? -preguntó el policía con voz dura.

Schopenhauer miró de arriba abajo al hombre que estaba delante de él.


- Si sabe usted responder a esa pregunta -dijo el filósofo-, le estaré eternamente agradecido.

lunes, 8 de marzo de 2010

Status quo

Otra jornada más de su vida, otra ración de rutina. Nuestro hombre llevaba varias horas frente a la pantalla de su ordenador. No hacía nada en concreto, solo navegar tontamente en internet sin ningún propósito más que el de pasar el rato. Matar las horas como era menester.

Lo importante es que nuestro sujeto llevaba unos días lo que se puede decir raro. Nada le motivaba, nada impulsaba su acción. Podríamos decir que se sentía vacío. Desde hacía un tiempo notaba esa extraña sensación, y como no podía ser de otra manera, no le agradaba. Es más, sentía incluso como si se ahogase en su propia vida.

Pocas cosas le llenaban verdaderamente, y tampoco podemos decir que fuese muy exigente y selectivo. La cuestión es que alguna de ellas por una razón o por otra no podía realizarlas. Entre tanto, el tiempo seguía pasando y la abrumadora sensación de agobio aumentaba. Nada productivo se presentaba ante su cabeza o sus ojos.

Se decidió a ponerse música, una de sus pasiones, pero de los 70 y 80. La que realmente le gustaba. Era como su droga, le mitigaba, al menos en parte, su malestar. Robert Palmer, Soft Cell o Black fueron algunos de los artistas que pasaron por sus oídos. Sin embargo, pronto abandonó esa actividad. Como toda medicina, la música tenía su tiempo de acción. Apagó el ordenador, leyó unos minutos y se durmió. Otro día se disponía a llegar. Eso sí, con la misma rutina de siempre.

domingo, 7 de marzo de 2010

Retrato

Un día como hoy nuestro hombre en cuestión se hunde en el sofá. Su jornada ha sido como cualquier otra elegida al azar en un calendario; absolutamente nada relevante. Agarra el mando a distancia y se dispone a ver la televisión cuando una inoportuna llamada le trastoca los planes. Medita un tiempo, se está tan a gusto en el sofá, pero al final se digna a atender el teléfono. Se disgusta. Es, como cada tarde, una grabación publicitaria estúpida. Acaso no hay mejores cosas que hacer que fastidiar a un humilde ciudadano, piensa. Prosigue su interrumpida actividad. No más sobresaltos.

Tras unos minutos de zapeo por la infinidad de canales de la TDT, que todo el mundo afirma se ve mejor pero que sin embargo él no nota apenas diferencia, se da cuenta de que nada le seduce lo suficiente. Son las 15.05, hora del telediario. Dentro de lo malo así al menos se mantiene informado.

Se dirige a la cocina para comer algo. Luego de ver la escasa oferta que su nevera le ofrece opta por una bandeja de espaguetis precocinados. Apenas los calienta. Una vez acomodado de nuevo en el sofá con su manjar empieza a oír el noticiero: un poco de corrupción, una de violencia de género, pinceladas de críticas destructivas oposición-gobierno, gobierno-oposición... No es nada nuevo, pero cada cual le hervía un poco más la sangre. Alguna arcada no hubiera sido algo del otro mundo.

Se recuesta en el sofá mientras deja la bandeja en el suelo. Mientras tanto el flujo continua: la diferencia de salario entre mujeres y hombres, el aumento del paro, el de la morosidad, el de la pobreza... Nuestro sujeto siente verdadera lástima. Se rasca la entrepierna. No entiende cómo un país desarrollado puede albergar tal magnitud de desgracias. Siente como le invade el afán revolucionario, el deseo de cambiar las cosas. Está dispuesto a actuar, es una situación insostenible. Hay que hacer algo ya...pero no hoy. Se está muy cómodo en el sofá.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La integridad del espécimen

Sí, señores. Leen ustedes bien. A pesar de lo extraño del título es así, no es que me haya equivocado o no tenga ni repajolera idea de lo que estoy hablando.

Esto viene al caso porque un servidor se encuentra...cómo decirlo...anonadado cuando mucha de la gente que le rodea se sorprende de que le guste esa 'cosa' tan rara y poco usual en este país conocida como leer. Sí, amigos, leer. Quizá muchos de ustedes me miren con cara de estupefacción y sorpresa, otros simplemente me odiarán -por considerarme un listillo de tres al cuarto-, pasarán y no leerán más allá de esta línea, pero lo que digo es bien cierto; a los datos me remito.

Mis primeros contactos con los libros fueron, como la mayoría, en el colegio: lecturas obligatorias, claro. Por aquel entonces era solo un ser sin un mínimo de raciocinio -no se crean ustedes que he mejorado mucho- al que los libros le daban cierta alergía y aversión. Leer, ¡puag, qué asco! A mí, que me dejaran jugar con mis amigos, que ya era bien feliz con eso solamente. Craso error. No hay que ser conformista, en la variedad está el gusto, o eso dicen. Cuando crecí algo más, mi espectro fue más allá. Estábamos en la época de las videoconsolas y todos sus tipologías y variedades: Game Boy, Game Boy color, PlayStation, Nintendo, etcétera, etcétera. Mi pobre padre, iluso de él, me seguía comprando de vez en cuando libros, pero mi opinión hacia ellos seguía siendo la misma, pero mi padre compraba y compraba. Y no contento con eso, se aseguraba de que me los leía haciéndome cuestionarios sobre ellos. Conclusión: no había otra que leerse los dichosos libros. Tarea, y actitud la de mi padre, que me enfadaba soberanamente. Con lo bien que estaba yo jugando con mi videoconsola tras esos ratos de deberes y estudio.

Los veranos eran sin duda el peor periodo de todos. Como para esos meses ya había hecho los deberes, mi progenitor me cosía a libros y más libros. Por aquí, por allá. Sin embargo, y ahora puedo apuntar, y afortunadamente, todo eso cambió cuando yo tenía unos 13 años. Un libro me cambió todo. El autor era ese escritor francés tan arraigado en literatura juvenil y de obras maestras como La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la tierra y un largo etcétera de los cuales he leído la inmensa mayoría. Bendito Julio Verne y bendito Miguel Strogoff, el libro en cuestión. Esa novela de aventuras me cautivó, me enganchó tanto, que luego tuve que leer sus demás obras.

A partir de ahí un nuevo abanico de posibilidades se abrió ante mí. Diferentes géneros, infinidad de autores y multitud de páginas que explorar y disfrutar. Desde ese momento en que cerré por última vez el libro que narraba las aventuras de aquel intrépido ruso he tenido la posibilidad de disfrutar autores como Ruiz Zafón, Twain, Asensi, Manfredi, García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende, Asimov, Sacks, Kapuscinski, Ellroy, Mankell y muchos más. Aventuras, sociedad, historia, amoríos, futurismo, realismo, magia, psicología, economía... Todo ello y seguro que más cosas que ahora mismo no recuerdo han pasado por mis manos, y créanme, es maravilloso. Evocar pasajes, personajes históricos, hacerlos tuyos, convivir con ellos, comprender situaciones, y por supuesto, aprender, sinceramente es algo que no tiene precio -recordando la muletilla comercial-. Así pues, manifestado esto, solo me queda decirles: lean y abran los ojos al mundo, la integridad de su persona se lo agradecerá y se sentirán mejor con ustedes mismos. Ahora si me disculpan, Balzac me espera sobre mi escritorio. No se piensen nada malo...

Atentamente

lunes, 1 de marzo de 2010

Una carta de presentación y una declaración de intenciones

En estos tiempos en los que es tan frecuente tener tu espacio en determinadas redes sociales, un servidor se une a la fiebre de los 'bloggeros'. Este era uno de los pocos territorios que me quedaba por conquistar. No les voy a mentir. Esto no es nuevo para mí. Anteriormente ya había colaborado en otro, Recolecta de remolacha, el cual les recomiendo, y en el que, si me dejan, continuaré colaborando muy gustosamente. Sin embargo, me apetecía emprender esta aventura por mí cuenta. Solo, sin ayudas ni gestiones externas.

Bueno, estimados lectores, no hay mucho más que decir. Esta es mi humilde carta de presentación. No sé cuáles serán los derroteros de este blog, supongo que primará la variedad: un poco de actualidad, de opinión, de ficción, curiosidades... En fin, una miscelánea apta, como rezaba aquel anuncio, para los altos, para los bajos, para los guapos, para los feos, para los que ríen, para los que lloran... Espero que les guste.

Un saludo.