Sí, señores. Leen ustedes bien. A pesar de lo extraño del título es así, no es que me haya equivocado o no tenga ni repajolera idea de lo que estoy hablando.
Esto viene al caso porque un servidor se encuentra...cómo decirlo...anonadado cuando mucha de la gente que le rodea se sorprende de que le guste esa 'cosa' tan rara y poco usual en este país conocida como leer. Sí, amigos, leer. Quizá muchos de ustedes me miren con cara de estupefacción y sorpresa, otros simplemente me odiarán -por considerarme un listillo de tres al cuarto-, pasarán y no leerán más allá de esta línea, pero lo que digo es bien cierto; a los datos me remito.
Mis primeros contactos con los libros fueron, como la mayoría, en el colegio: lecturas obligatorias, claro. Por aquel entonces era solo un ser sin un mínimo de raciocinio -no se crean ustedes que he mejorado mucho- al que los libros le daban cierta alergía y aversión. Leer, ¡puag, qué asco! A mí, que me dejaran jugar con mis amigos, que ya era bien feliz con eso solamente. Craso error. No hay que ser conformista, en la variedad está el gusto, o eso dicen. Cuando crecí algo más, mi espectro fue más allá. Estábamos en la época de las videoconsolas y todos sus tipologías y variedades: Game Boy, Game Boy color, PlayStation, Nintendo, etcétera, etcétera. Mi pobre padre, iluso de él, me seguía comprando de vez en cuando libros, pero mi opinión hacia ellos seguía siendo la misma, pero mi padre compraba y compraba. Y no contento con eso, se aseguraba de que me los leía haciéndome cuestionarios sobre ellos. Conclusión: no había otra que leerse los dichosos libros. Tarea, y actitud la de mi padre, que me enfadaba soberanamente. Con lo bien que estaba yo jugando con mi videoconsola tras esos ratos de deberes y estudio.
Los veranos eran sin duda el peor periodo de todos. Como para esos meses ya había hecho los deberes, mi progenitor me cosía a libros y más libros. Por aquí, por allá. Sin embargo, y ahora puedo apuntar, y afortunadamente, todo eso cambió cuando yo tenía unos 13 años. Un libro me cambió todo. El autor era ese escritor francés tan arraigado en literatura juvenil y de obras maestras como La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la tierra y un largo etcétera de los cuales he leído la inmensa mayoría. Bendito Julio Verne y bendito Miguel Strogoff, el libro en cuestión. Esa novela de aventuras me cautivó, me enganchó tanto, que luego tuve que leer sus demás obras.
A partir de ahí un nuevo abanico de posibilidades se abrió ante mí. Diferentes géneros, infinidad de autores y multitud de páginas que explorar y disfrutar. Desde ese momento en que cerré por última vez el libro que narraba las aventuras de aquel intrépido ruso he tenido la posibilidad de disfrutar autores como Ruiz Zafón, Twain, Asensi, Manfredi, García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende, Asimov, Sacks, Kapuscinski, Ellroy, Mankell y muchos más. Aventuras, sociedad, historia, amoríos, futurismo, realismo, magia, psicología, economía... Todo ello y seguro que más cosas que ahora mismo no recuerdo han pasado por mis manos, y créanme, es maravilloso. Evocar pasajes, personajes históricos, hacerlos tuyos, convivir con ellos, comprender situaciones, y por supuesto, aprender, sinceramente es algo que no tiene precio -recordando la muletilla comercial-. Así pues, manifestado esto, solo me queda decirles: lean y abran los ojos al mundo, la integridad de su persona se lo agradecerá y se sentirán mejor con ustedes mismos. Ahora si me disculpan, Balzac me espera sobre mi escritorio. No se piensen nada malo...
Atentamente