Cuando un tirano cae, el pueblo espera que el tiempo futuro sea más alentador y próspero que el borrón de la historia que deja atrás. Nada más lejos de la realidad. La huella y la herencia que estos dictadores dejan atrás condenan a 'sus' pueblos a vivir en la más pura incertidumbre.Ben Alí, Mubarak, Gadafi y en los últimos días Saleh, han caído sucesivamente. Unos de diferente forma a los demás; más o menos trágicamente, indemnes pese a su despotismo o ajusticiados, pero todos con algo en común, su aferramiento al poder hasta el último momento. Independientemente de que su mandato llevase tiempo agonizando.
Este flaco favor hunde aún más si cabe a la población de sus respectivos países. Enfrentados a sus respectivos ejércitos, juntas militares y demás cuerpos del orden, los ciudadanos de Túnez, Egipto, Libia y Yemen continúan muriendo en las calles. Esos ciudadanos que alzaron su grito al cielo clamando libertad y una democracia que se les ha negado desde hace años. Tolerado, todo ello, por quien se presentó y se presenta como adalid democrático en Occidente. Siempre que se preservasen sus intereses, claro está.

Ante tan desolador panorama, ahora es el pueblo árabe quien tiene que decidir qué camino ha de seguir. Esto no ha hecho más que comenzar. Con un legado muy pobre y esas ansias de democracia, la primavera árabe se enfrenta a un futuro más que incierto, sobre el que planea la sombra del islamismo radical.
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