miércoles, 15 de febrero de 2012

Inútil indignación; útil convicción

Se sentó en la cama y se sosegó. Estaba realmente alterado, no cabía en sí de ira. Con las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas con la vista hacia el suelo y la mirada perdida solo acertaba a soltar algún que otro bufido alternado con varios juramentos. No podía dejar de pensar en lo ocurrido.

Pegarle una patada a la puerta de su cuarto y algunos puñetazos al marco de esta no le había servido para desahogarse del todo. Se sentía estafado. Cada vez que recordaba lo que había acontecido a lo largo de los últimos meses y el resultado de todo ello en los últimos días la sangre le hervía bajo la piel como si el magma de un volcán hiciera que en cualquier instante pudiese volver a entrar en erupción.

No paraba de preguntarse por qué ese agravio comparativo. No lo entendía. Solo se había dedicado a realizar cada uno de los trabajos que se le asignaron de la mejor manera posible con una dedicación, que a veces le había llevado a perder más tiempo del que esperaba. A veces, incluso, haciéndole perder el tiempo dedicado a otras cosas más mundanas, pero esas otras cosas que le hacían ser y sentirse persona. Cosas banales como verse con los amigos, hacer algo de deporte o incluso dedicarse tiempo para él mismo. En fin, nada del otro mundo. Sin embargo, eso no le molestaba. Al menos no en exceso, pues todo ello iba dirigido, en principio y supuestamente, para ser mejor en aquello a lo que se quería dedicar. Aunque en algunas ocasiones era difícil de asimilar que eso fuera así.


No era de los que se dedicase a comer la oreja al profesor o asaltarle con estúpidas dudas o anécdotas. Dios le librase. Eso le parecía, cuanto menos, reprobable. Solo quería limitarse a hacer su trabajo lo mejor posible y pasar lo más desapercibido posible. Quizá eso era lo que le fallase. Pero no iba a hacer algo que iba contra su naturaleza y que tan ridículo le parecía. Se le hacía duro, por no decir imposible, comprender que haciendo lo que hacía donde estaba nunca se le iba a compensar. Y eso, eso es muy duro. Más cuando uno cumple y quienes han de compensar no cumplen ni con plazos ni de la forma en que se debe. La sensación entonces de impotencia te invade como a él le ocurría y solo dejaba lugar a la furia y la indignación que provoca esa incompetencia

Tras unos minutos de reflexión, su pensamiento comenzó a aclararse. El problema de todo eso era que frente al trabajo de meses que conlleva la labor encomendada, tanto el colegueo que se torna en favoritismo, como la valoración de ese trabajo eran algo barato y carente de ecuanimidad. Una vez se convenció y se dio cuenta de eso, solo le quedaba convencerse de no ser como esa gente, levantarse y seguir adelante con más fuerza y perseverancia si cabía. Sabía que pese a ello no iba a ser la última vez que le harían caer, pero siempre iba a estar dispuesto a levantarse.

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