Que las personas van y vienen parece ser un hecho más que común a lo largo de nuestra fútil existencia: profesores, compañeros e incluso amigos.
En algunos casos se asume como algo natural e incluso, por qué no, necesario. Sin embargo, en otras ocasiones, la ruptura de una relación supone algo más que un duro mazazo que te supone un profundo desasosiego en lo más hondo de tu ser. No solo por lo inesperado de la situación, sino por los lazos que te unían a esa persona. Cuando eso ocurre, sabes que esa persona te importa de verdad.
No necesariamente una ruptura repentina tiene que doler más que una que se va fraguando poco a poco. Es más, aquellas que parten de la nada o del más mísero de los detalles y que, poco a poco, van eliminando esos lazos son, si me lo permiten, más dolorosas -sería algo similar al efecto de quitar una tirita del tirón o lentamente-. Y no creo que esto sea porque no se vea venir, que se ve; sino porque te das cuenta de que esa persona, que es consciente de cómo os vais alejando, no hace nada, ni el más mínimo detalle por remediarlo.
Es ahí, en ese mismo momento, cuando sabes que una relación se ha acabado por completo. Primero te invade el enfado, que más tarde opta por tornarse en decepción y ya por último, en resignación. Todo está 'finiquitado'. Nada queda de esos lazos que antaño parecían atarte de manera tan fuerte e incluso racional a esa persona. En ese momento, la vida te sitúa en una de esas encrucijadas que guiarán tu destino y que marcarán el devenir de tu existencia. Puedes pensar en lamentarte por lo que fue y por la persona que no te corresponde, o seguir hacia delante con tu máxima por bandera: "El dolor es inevitable; el sufrimiento, opcional"
No hay comentarios:
Publicar un comentario