Cuando llegó a casa se encontró aquel libro viejo. Empolvado, en el fondo de un cajón, allí donde hacia tiempo que su mirada no se dirigía o que simplemente evitaba. Una nueva página en blanco. Había llegado dispuesto a escribir.
Tras varios minutos de silencio, contemplando la inmaculada página, no fueron las palabras las que brotaron. Se moría por comenzar, ya que las ideas inundaban su mente. Pensamientos desordenados, caóticos, pero claros pese a ello. Al menos eso parecía. Un torrente de sentimientos que no lograba plasmarse en palabra. Un freno que le hacía dudar. Dudar de todo.
Al humdecerse la página cerró el libro. Quizá no era escribir lo que le apetecía. Y embriagado en la frustración del llanto se fue a caminar. Caminar y caminar. Caminar por caminar. Caminar sin rumbo. Simplemente caminar. Pero no sin antes dejar el libro. Esta vez en la estantería, pero sin la certeza de si ese capítulo se había acabado con aquella solitaria firma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario