Un día como hoy nuestro hombre en cuestión se hunde en el sofá. Su jornada ha sido como cualquier otra elegida al azar en un calendario; absolutamente nada relevante. Agarra el mando a distancia y se dispone a ver la televisión cuando una inoportuna llamada le trastoca los planes. Medita un tiempo, se está tan a gusto en el sofá, pero al final se digna a atender el teléfono. Se disgusta. Es, como cada tarde, una grabación publicitaria estúpida. Acaso no hay mejores cosas que hacer que fastidiar a un humilde ciudadano, piensa. Prosigue su interrumpida actividad. No más sobresaltos.
Tras unos minutos de zapeo por la infinidad de canales de la TDT, que todo el mundo afirma se ve mejor pero que sin embargo él no nota apenas diferencia, se da cuenta de que nada le seduce lo suficiente. Son las 15.05, hora del telediario. Dentro de lo malo así al menos se mantiene informado.
Se dirige a la cocina para comer algo. Luego de ver la escasa oferta que su nevera le ofrece opta por una bandeja de espaguetis precocinados. Apenas los calienta. Una vez acomodado de nuevo en el sofá con su manjar empieza a oír el noticiero: un poco de corrupción, una de violencia de género, pinceladas de críticas destructivas oposición-gobierno, gobierno-oposición... No es nada nuevo, pero cada cual le hervía un poco más la sangre. Alguna arcada no hubiera sido algo del otro mundo.
Se recuesta en el sofá mientras deja la bandeja en el suelo. Mientras tanto el flujo continua: la diferencia de salario entre mujeres y hombres, el aumento del paro, el de la morosidad, el de la pobreza... Nuestro sujeto siente verdadera lástima. Se rasca la entrepierna. No entiende cómo un país desarrollado puede albergar tal magnitud de desgracias. Siente como le invade el afán revolucionario, el deseo de cambiar las cosas. Está dispuesto a actuar, es una situación insostenible. Hay que hacer algo ya...pero no hoy. Se está muy cómodo en el sofá.
Tras unos minutos de zapeo por la infinidad de canales de la TDT, que todo el mundo afirma se ve mejor pero que sin embargo él no nota apenas diferencia, se da cuenta de que nada le seduce lo suficiente. Son las 15.05, hora del telediario. Dentro de lo malo así al menos se mantiene informado.
Se dirige a la cocina para comer algo. Luego de ver la escasa oferta que su nevera le ofrece opta por una bandeja de espaguetis precocinados. Apenas los calienta. Una vez acomodado de nuevo en el sofá con su manjar empieza a oír el noticiero: un poco de corrupción, una de violencia de género, pinceladas de críticas destructivas oposición-gobierno, gobierno-oposición... No es nada nuevo, pero cada cual le hervía un poco más la sangre. Alguna arcada no hubiera sido algo del otro mundo.
Se recuesta en el sofá mientras deja la bandeja en el suelo. Mientras tanto el flujo continua: la diferencia de salario entre mujeres y hombres, el aumento del paro, el de la morosidad, el de la pobreza... Nuestro sujeto siente verdadera lástima. Se rasca la entrepierna. No entiende cómo un país desarrollado puede albergar tal magnitud de desgracias. Siente como le invade el afán revolucionario, el deseo de cambiar las cosas. Está dispuesto a actuar, es una situación insostenible. Hay que hacer algo ya...pero no hoy. Se está muy cómodo en el sofá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario