Otra jornada más de su vida, otra ración de rutina. Nuestro hombre llevaba varias horas frente a la pantalla de su ordenador. No hacía nada en concreto, solo navegar tontamente en internet sin ningún propósito más que el de pasar el rato. Matar las horas como era menester.
Lo importante es que nuestro sujeto llevaba unos días lo que se puede decir raro. Nada le motivaba, nada impulsaba su acción. Podríamos decir que se sentía vacío. Desde hacía un tiempo notaba esa extraña sensación, y como no podía ser de otra manera, no le agradaba. Es más, sentía incluso como si se ahogase en su propia vida.
Pocas cosas le llenaban verdaderamente, y tampoco podemos decir que fuese muy exigente y selectivo. La cuestión es que alguna de ellas por una razón o por otra no podía realizarlas. Entre tanto, el tiempo seguía pasando y la abrumadora sensación de agobio aumentaba. Nada productivo se presentaba ante su cabeza o sus ojos.
Se decidió a ponerse música, una de sus pasiones, pero de los 70 y 80. La que realmente le gustaba. Era como su droga, le mitigaba, al menos en parte, su malestar. Robert Palmer, Soft Cell o Black fueron algunos de los artistas que pasaron por sus oídos. Sin embargo, pronto abandonó esa actividad. Como toda medicina, la música tenía su tiempo de acción. Apagó el ordenador, leyó unos minutos y se durmió. Otro día se disponía a llegar. Eso sí, con la misma rutina de siempre.
Lo importante es que nuestro sujeto llevaba unos días lo que se puede decir raro. Nada le motivaba, nada impulsaba su acción. Podríamos decir que se sentía vacío. Desde hacía un tiempo notaba esa extraña sensación, y como no podía ser de otra manera, no le agradaba. Es más, sentía incluso como si se ahogase en su propia vida.
Pocas cosas le llenaban verdaderamente, y tampoco podemos decir que fuese muy exigente y selectivo. La cuestión es que alguna de ellas por una razón o por otra no podía realizarlas. Entre tanto, el tiempo seguía pasando y la abrumadora sensación de agobio aumentaba. Nada productivo se presentaba ante su cabeza o sus ojos.
Se decidió a ponerse música, una de sus pasiones, pero de los 70 y 80. La que realmente le gustaba. Era como su droga, le mitigaba, al menos en parte, su malestar. Robert Palmer, Soft Cell o Black fueron algunos de los artistas que pasaron por sus oídos. Sin embargo, pronto abandonó esa actividad. Como toda medicina, la música tenía su tiempo de acción. Apagó el ordenador, leyó unos minutos y se durmió. Otro día se disponía a llegar. Eso sí, con la misma rutina de siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario