Apagó la colilla de su cigarro y exhaló la última bocanda de humo que pudo. Hacía tiempo que no fumaba. El vicio en cuestión se reducía solo a los fines de semana y demás fiestas de guardar.
Abrió la ventana de par en par. Quería que el rastro del tabaco se esfumase cuanto antes y fomentar un intercambio de aires que eliminase el olor a cerrado que desprendían los rincones de la habitación. Enchufó su ipod y lo conectó a los altavoces. Sentía la necesidad de relajarse con algunas de sus canciones favoritas. Una vez hubo encontrado la lista de reproducción que le proporcionaría el placer necesario para evadirse, se acomodó en su silla frente al escritorio, donde situó sus pies en alto. Apenas habían sonado unos cuantos acordes de la primera canción cuando llamaron a la puerta.
Permaneció en esa posición, inalterable. Había encontrado su posición perfecta, pero volvieron a insistir, y en ese momento supo que no podía retardarlo más, si no abría la puerta, esta podría estar sonando toda la tarde. Con calma se dirigió a la puerta y conforme se acercaba a ella se iba haciendo una idea de quién podía ser.
Efectivamente era Roberto, su vecino de la habitación de la izquierda.
-Ey, tío. Vamos a bajar al parque a echar unos porros a algún banco y a ver si vemos alguna pava- dijo mientras sacaba los canutos ya liados -¿Te vienes?
Se limitó a negar y a justificarse diciendo que estaba cansado y que prefería quedarse en la habitación. Sin embargo, la oferta de la marihuana le resultó atractiva y cogió dos de los tres porros que sujetaba Roberto antes de cerrarle la puerta. No estaba para nadie, y sabía que él no se lo tendría en cuenta. Encendió el primero de los dos y volvió a sentarse en la silla con los pies en alto. La música no había dejado de sonar.
Conforme el porro se consumía notaba como le invadía el efecto. Poco a poco abandonaba su posición estática e incluso se animaba a fingir que tocaba la guitarra en determinados momentos de los estribillos de sus canciones.
Tosió y encendió el segundo. A las tres caladas se había olvidado de sus penas. Sin duda no habían sido sus mejores días. Aletargado, sin fuerzas ni ganas... Pero todo eso estaba ya olvidado. Buscó una libreta, algo con lo que escribir y se sentó en el alféizar de su ventana. Contempló la vía mientras la música sonaba ténuemente en un plano fondo. Y comenzó a escribir.
Abrió la ventana de par en par. Quería que el rastro del tabaco se esfumase cuanto antes y fomentar un intercambio de aires que eliminase el olor a cerrado que desprendían los rincones de la habitación. Enchufó su ipod y lo conectó a los altavoces. Sentía la necesidad de relajarse con algunas de sus canciones favoritas. Una vez hubo encontrado la lista de reproducción que le proporcionaría el placer necesario para evadirse, se acomodó en su silla frente al escritorio, donde situó sus pies en alto. Apenas habían sonado unos cuantos acordes de la primera canción cuando llamaron a la puerta.
Permaneció en esa posición, inalterable. Había encontrado su posición perfecta, pero volvieron a insistir, y en ese momento supo que no podía retardarlo más, si no abría la puerta, esta podría estar sonando toda la tarde. Con calma se dirigió a la puerta y conforme se acercaba a ella se iba haciendo una idea de quién podía ser.
Efectivamente era Roberto, su vecino de la habitación de la izquierda.
-Ey, tío. Vamos a bajar al parque a echar unos porros a algún banco y a ver si vemos alguna pava- dijo mientras sacaba los canutos ya liados -¿Te vienes?
Se limitó a negar y a justificarse diciendo que estaba cansado y que prefería quedarse en la habitación. Sin embargo, la oferta de la marihuana le resultó atractiva y cogió dos de los tres porros que sujetaba Roberto antes de cerrarle la puerta. No estaba para nadie, y sabía que él no se lo tendría en cuenta. Encendió el primero de los dos y volvió a sentarse en la silla con los pies en alto. La música no había dejado de sonar.
Conforme el porro se consumía notaba como le invadía el efecto. Poco a poco abandonaba su posición estática e incluso se animaba a fingir que tocaba la guitarra en determinados momentos de los estribillos de sus canciones.
Tosió y encendió el segundo. A las tres caladas se había olvidado de sus penas. Sin duda no habían sido sus mejores días. Aletargado, sin fuerzas ni ganas... Pero todo eso estaba ya olvidado. Buscó una libreta, algo con lo que escribir y se sentó en el alféizar de su ventana. Contempló la vía mientras la música sonaba ténuemente en un plano fondo. Y comenzó a escribir.
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