domingo, 7 de agosto de 2011

Órbitas divergentes

Hacía ya tiempo que no se dedicaba un tiempo para sí. Para lo que más le gustaba. Descansar echado en la cama escuchando música o leer, incluso escribir. Los últimos días se habían instalado como una vorágine de actividades cual más, cual menos, le atraían. Fue una semana intensa, colamatada por la fiesta del viernes noche.

No hace falta decir que adoraba el mundo de la noche. Casi tanto como un tonto se emboba con un lapicero. Sin embargo, como bien había presentido, no fue una noche para recordar. Simplemente fue una de otras tantas, sin más.

El bar no estaba mal, solía frecuentarlo con bastante asiduidad. Lo que sucedió esta vez, como otras últimamente, es que el garito en cuestión estaba a reventar. Así, poca diversión podía encontrar. Paso por aquí, empujón por allá. Quizá lo más lícito hubiera sido ponerse cachondo. Dudaba mucho que lo fuesen a tocar más esa noche. Lo que hubiera dado por estar en su cama bebiendo un whisky. Tuvo que conformarse con lo segundo. Pidió, esperó a que le sirviesen, y el tiempo que tardó en bebérselo fue la mitad del que le llevó cualquiera de las otras dos acciones. A esas horas, poco más se podía esperar de él.

Tras recorrer medio bar en busca de cigarro y conseguirlo, decidió salir fuera para hallar un poco de paz. Pobre iluso, la calle estaba casi tan llena como el antro que dejaba atrás. No le importó. Se fumó el cigarro y tras joderle un poco la noche a algún que otro amigo vía móvil, decidió volver a adoptar la faceta de ser social. No le reportó nada. Tan solo alguna que otra duda estúpida días después por un supuesto comportamiento borde. En el momento le hizo mucha gracia, pero cuanto más pensaba cómo se sucedieron los hechos, más gracia le causaba. ¿Borde? ¿Porque vengan dos chicas, una le propine una patada, se siente a su lado y él se levantase para dejar sitio a la compañera? No pudo reprimirlo, soltó una grna carcajada al rememorar la imagen. Luego resultó que era que la chica quería hablar con él. Eso sí, después de toda la noche en la que ni se acercó. Además, claro, estando una sentada y el otro de pie no se puede mantener una conversación.
Pensó que el mundo iba al revés que él. O quizá que él iba al revés del mundo. A esas alturas y tras determinadas circunstancias, uno ya no sabe qué pensar.

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